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sábado, 15 de julio de 2017

SIN EXCEPCION ALGUNA

Hay cosas que nos sorprenden y que realmente no acabamos de racionalizar, y es la capacidad de destacar dentro del estilo, como una forma de hacer las cosas o la genialidad como esa forma de alcanzar la excelencia que mucha gente deseamos y no alcanzamos , incluso asumiendo aquello de vanidad de vanidades, todo es vanidad.

Hay quien piensa que un genio nace, no se hace: sencillamente, tiene el talento para una actividad concreta y le basta con desarrollarla para alcanzar la excelencia, pero esto es una visión racional y simplista y es que existen unos rasgos que de alguna forma natural los distinguen y les hace ser simplemente genialmente diferentes.

Yo personalmente estoy convencido que al margen de la genialidad que todos tenemos al menos en un grado , todo va acompañado en la perseverancia como actitud y aptitud para conseguir los objetivos que nos proponemos, independientemente que si hacemos lo que nos gusta ya iremos encaminados a buen puerto.

También es bien cierto que la preparación encamina a una excelencia en cuanto a lo productivo, pero resulta evidente que es una condición necesaria pero no suficiente y factores como la creatividad incrementan el resultado de los objetivos propuestos, pues de  alguna forma se lleva  la  pasión al límite, y la producción al éxito.

Dicen los grandes pensadores que el secreto del éxito se encuentra en dedicar tiempo en reflexionar acerca de lo que cada uno quiere alcanzar, y nos le falta razón pues en el éxito  y en el fracaso de un objetivo cumplido está también la perseverancia consciente.

Este tipo de reflexiones son unipersonales en cuanto la mente de cada uno no se puede compartir y la inversión personal en lo laboral o proyectado es tiempo y sólo tiempo, que implica un sacrificio personal y una merma en las relaciones sociales.

Como todo en sí es importante que lo que hagas lo hagas a gusto, lo que implica una dedicación exclusiva  por el placer de la actividad en sí más que por las recompensas extrínsecas.

Y ese es famoso elemento, ese que nos motiva y nos apasiona en  esa forma de alcanzar la excelencia que mucha gente deseamos y no alcanzamos, porque al fin y al cabo cuando nos desvivimos por nuestro trabajo o proyecto o simplemente por ese proyecto de vida, en ningún caso nos entregamos por dinero, sino  por pasión y vocación.

Al final las personas y los personajes, que desarrollamos en el teatro de la vida, materializamos nuestras pretensiones por el placer de la actividad, más  que por las recompensas extrínsecas, lo que en general tiene como consecuencia un resultado superior a la media, pues visto como espectador, aquellas personas a las que motivaba menos las recompensas extrínsecas, son las que finalmente las recibían, como siempre sin más.

Ferrán Aparicio
15 de julio de 2017

martes, 1 de marzo de 2016

VANIDAD DE VANIDADES




Formamos parte de una sociedad que por inercia tiene a condenar el talento y éxito de los demás, por no decir de cualquier acción de que por sí misma difiera como única y exclusiva, y en el fondo sólo se trata de una simple envidia, por aquello de que al final todo concluye justificativamente en aquello de vanidad de vanidades,.., todo es vanidad.

Muchas veces la envidia actúa en doble sentido, bien porque anhelamos lo que vemos reflejado en los demás, bien porque paraliza el progreso que genera no encajar, nuestra propia opinión, con la opinión que tiene la inmensa mayoría de cualquier cuestión que se nos presente.

Pero en ambos extremos el nexo común al procedimiento común, es el temor a diferenciarse del resto y no ser aceptado, lo cual si bien es humano, nos frena en nuestro propio desarrollo como personas.

El problema surge cuando en el proceso de aceptación social, la conformidad nos obliga a encajar en la opinión de la mayoría, por aquello de estar integrados en el pseudo intelecto colectivo, desvirtuándonos de nuestros propios principios y de nuestro propio camino.

Al final uno llega a pensar que por muy libres que nos sintamos o consideremos estamos mucho más condicionados de lo que creemos, simplemente por el hecho de tener miedo a equivocarnos o a ser el elemento discordante del grupo de cohabitamos.

En el fondo de la cuestión me planteo si realmente es un problema de autoestima y confianza en nosotros mismos o simplemente del famoso lema, del que calla otorga, del cual siempre he pensado que el que se calla se calla…. y no otorga nada.

El formar parte de una sociedad, de un grupo no nos obliga a pensar a igual que la mayoría de las personas que lo integran y no mantener nuestro propio criterio, sino simplemente a respetar el sentido común de los demás, eso sí,.., sin condenar el talento y éxito ajeno.

Todos formamos parte de una sociedad y lo que queda claro que todos los seres humanos, por humanos que somos, tenemos una grandeza de espíritu, y que debemos de alguna forma permitir que brille nuestra propia luz que al fin y al cabo es la que nos alumbra, como permitir a los demás hacer lo mismo con la suya.

Aunque muchas veces y con los tiempos que corren la presión social sea un obstáculo insalvable en nuestra vida cotidiana que revela una lucha de poder y protagonismo, lo que nadie nos puede quitar aunque estemos callados, es lo que la vida nos otorga y es la capacidad para decidir nuestra propia opinión y tomar nuestro propio camino, aunque al menos sea por aquello de que vanidad de vanidades,…, todo es vanidad.


                                                                 Ferrán Aparicio
                                                             1 de Marzo de 2016