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lunes, 20 de abril de 2026

EL LIMITE NO ESTÁ DONDE YO CREIA

Hay una etapa en la vida en la que uno empieza a sospechar que ha estado viviendo a media intensidad y no porque falte talento, ni oportunidades, ni incluso deseos, sino porque el miedo a descubrir el propio límite resulta más cómodo que el esfuerzo de alcanzarlo.

Durante años creí que me esforzaba lo suficiente, cumplía, respondía, avanzaba, pero en el fondo sabía que siempre me reservaba algo, como si guardar energía fuera sinónimo de prudencia.

No fue una revelación repentina, fue más bien una incomodidad constante y empecé a notar que cada vez que abandonaba un proyecto a mitad de camino no era por falta de capacidad, sino por cansancio emocional.

Recordé entonces una frase de Winston Churchill: “Somos dueños de nuestro destino. Somos capitanes de nuestra alma”, la había leído muchas veces, pero nunca la había sentido como una responsabilidad personal, pues ser capitán no significa navegar en aguas tranquilas; significa mantener el rumbo cuando el mar se agita.

La vida, tarde o temprano, obliga a enfrentar las propias caídas y en uno de esos tropiezos comprendí lo que ya había advertido Confucio y era simplemente que la grandeza no está en no caer, sino en levantarse.

Fracasar es duro, pero descubrí algo más incómodo y es que es mucho peor vivir con la sensación de no haberlo intentado con todo, pues el arrepentimiento pesa más que el error y el error, al menos, enseña.

Empecé entonces a entender que las oportunidades no aparecen como regalos inesperados, sino que son consecuencia y son el resultado de una suma paciente de horas invisibles, pues como alguna vez señaló Tonatihu, no nacen de la casualidad, sino del trabajo.

También comprendí que empezar requiere valentía, pero terminar exige perseverancia. El entusiasmo inicial, del que hablaba Ralph Waldo Emerson, es un impulso necesario, pero insuficiente y cuando la emoción se diluye, solo queda el compromiso.

En ese proceso descubrí otra verdad incómoda: saber no transforma nada. Johann Wolfgang von Goethe lo expresó con claridad: no basta con saber; hay que aplicar y no basta con querer; hay que hacer, pues el conocimiento sin acción es apenas una ilusión de progreso.

Al final te das cuenta que no se trata de despreciar a nadie, sino de comprender que todo crecimiento genera fricción y si nadie cuestiona tu avance y sólo quizá no estés avanzando tanto.

Ferran Aparicio
20 de Abril de 2026

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