Hay palabras que suenan a caricia pero se evaporan antes de tocar la piel, son como promesas que nacen redondas, perfectas, y mueren torcidas en la primera esquina del tiempo.
“Hechos son amores y no buenas
razones” no es un reproche; es una ley natural. Pues el mundo funciona por
gravedad, no por intención.
La semilla no florece porque alguien
la describa con ternura, sino porque alguien la entierra, la riega y soporta el
silencio de los días sin brote. El amor, la amistad, la vocación y hasta la fe
comparten ese mismo destino: existen únicamente cuando ocupan espacio en la
realidad.
Vivimos, sin embargo, seducidos por la
retórica de la intención, pues nos enseñaron a valorar el propósito casi tanto
como la obra: “quise hacerlo”, “lo pensé”, “lo iba a intentar”. En esa
distancia cómoda habita una versión imaginaria de nosotros mismos generosa,
disciplinada, constante que no necesita madrugar ni renunciar ni perseverar. El
problema es que la realidad no negocia con versiones imaginarias: solo dialoga
con acciones.
Hay una extraña pereza espiritual en
confiar en las razones, aunque sean elegantes, coherentes, incluso nobles y explican
por qué no se pudo, por qué no era el momento, por qué mañana será distinto.
Los hechos, en cambio, son toscos, llegan
con ojeras, con errores, con pasos torcidos y no presumen coherencia: simplemente
existen. Y por eso pesan, porque comprometen, porque una acción te obliga a ser
la persona que dices ser, mientras que una explicación te permite seguir
ensayándola.
El afecto verdadero no se reconoce en
la intensidad del sentimiento, sino en su persistencia visible, pues el cariño
que depende del ánimo es simpatía; el que sobrevive al cansancio es amor. Amar
es recordar la compra cuando no apetece salir, llamar cuando no hay novedades,
quedarse cuando la conversación ya no es brillante.
Curiosamente, los hechos no necesitan
anunciarse, es una puerta arreglada no explica por qué se arregló. Un abrazo no
argumenta su conveniencia. La acción es humilde: ocurre y basta. La palabra, en
cambio, suele buscar testigos.
Tal vez por eso desconfiamos
secretamente de quien siempre tiene una justificación perfecta, y es porque
intuimos que la vida no se sostiene con lógica sino con presencia. El mundo
está lleno de intenciones admirables y carente de hábitos sostenidos y la
diferencia entre ambos define destinos enteros.
Al final, todos somos recordados por
lo que alteramos en la realidad de otros, no por lo que pensamos hacer, ni por
lo que sentimos con profundidad privada, sino por lo que modificamos fuera de
nosotros, en realidad una vida es la suma de sus intervenciones.
Por eso el viejo refrán no pretende
humillar a la palabra, sino liberarla: cuando los hechos hablan, la voz
descansa, y entonces las promesas dejan de ser esperanza para convertirse en
memoria, porque el amor verdadero, como la verdad misma, no necesita explicarse,
solo necesita ocurrir.
Ferrán
Aparicio
15 de Febrero de 2026

