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martes, 17 de febrero de 2026

LA PLENITUD DE LA VIDA

Hablar de la plenitud de la vida es hablar de una sensación difícil de medir y, sin embargo, profundamente reconocible, pues no
 es la euforia pasajera de una buena noticia ni la tranquilidad cómoda de quien evita problemas. Es algo más silencioso y duradero: una certeza interior de que la existencia, aun con sus contradicciones, merece ser vivida.

Muchas personas pasan años persiguiendo la idea de “cuando todo esté en orden”; cuando tenga tiempo, cuando logre estabilidad, cuando desaparezcan las preocupaciones, pero la vida no funciona así. Siempre habrá algo incompleto, algo incierto, algo frágil y la plenitud no llega al final de las dificultades; aparece cuando dejamos de aplazar la vida esperando condiciones perfectas y comienza el día en que entendemos que vivir es participar, no controlar.

La plenitud nace de la coherencia,  que es no nada menos  que cuando lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos dejan de ser mundos separados, surge una calma profunda.

No significa acertar siempre, sino actuar honestamente incluso en la duda. Una persona plena no es la que nunca se equivoca, sino la que aprende, rectifica y sigue avanzando sin traicionarse. Hay una serenidad especial en quien sabe por qué hace lo que hace.

También existe plenitud en el esfuerzo, pues la cultura moderna ha asociado la buena vida con la comodidad permanente, pero la experiencia humana demuestra lo contrario: las vivencias más significativas suelen requerir dedicación, paciencia y renuncia.

 Cuidar una relación, aprender una habilidad, sostener una vocación o superar un miedo son tareas exigentes, y sin embargo, es ahí donde la vida adquiere densidad y  el cansancio que nace del sentido no pesa igual que el vacío que nace de la inercia.

Otro componente esencial es la atención. Vivimos rodeados de estímulos que fragmentan la conciencia y nos empujan a vivir de forma automática. La plenitud, en cambio, necesita presencia. Se manifiesta en actos simples: escuchar sin prisa, caminar observando, comer saboreando, conversar sin mirar el reloj. Cuando la mente deja de huir constantemente hacia el pasado o el futuro, la realidad cotidiana revela una riqueza inesperada, puyes la vida no se vuelve extraordinaria: descubrimos que ya lo era.

Las relaciones humanas completan este proceso, nadie alcanza plenitud aislándose. El encuentro genuino con otros en la amistad, el amor, la familia o la comunidad amplía nuestra percepción de nosotros mismos, y al compartir preocupaciones, esperanzas y fragilidades, comprendemos que existir es también pertenecer, en ese intercambio en el que aparece un sentido que ningún logro individual puede sustituir.

Cuando dejamos de vivir como espectadores de nuestra propia historia y nos convertimos en participantes activos, aparece una forma serena de satisfacción: la sensación de estar exactamente donde debemos estar, haciendo lo que honestamente podemos hacer,y quizá eso sea la plenitud: no una vida sin sombras, sino una vida vivida con sentido.

Al final, la plenitud de la vida no consiste en acumular momentos felices, sino en habitar plenamente cada etapa, incluso las difíciles. Es reconocer que la vida no espera en el futuro ni en la nostalgia, sino en la experiencia directa del presente.

                                                              Ferrán Aparicio

                                                         10 de febrero de 2026

 

 

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