Muchas personas pasan años persiguiendo la idea de
“cuando todo esté en orden”; cuando tenga tiempo, cuando logre estabilidad,
cuando desaparezcan las preocupaciones, pero la vida no funciona así. Siempre
habrá algo incompleto, algo incierto, algo frágil y la plenitud no llega al
final de las dificultades; aparece cuando dejamos de aplazar la vida esperando
condiciones perfectas y comienza el día en que entendemos que vivir es
participar, no controlar.
La plenitud nace de la coherencia, que es no nada menos que cuando lo que pensamos, lo que sentimos y
lo que hacemos dejan de ser mundos separados, surge una calma profunda.
No significa acertar siempre, sino actuar honestamente
incluso en la duda. Una persona plena no es la que nunca se equivoca, sino la
que aprende, rectifica y sigue avanzando sin traicionarse. Hay una serenidad
especial en quien sabe por qué hace lo que hace.
También existe plenitud en el esfuerzo, pues la cultura
moderna ha asociado la buena vida con la comodidad permanente, pero la
experiencia humana demuestra lo contrario: las vivencias más significativas
suelen requerir dedicación, paciencia y renuncia.
Cuidar una
relación, aprender una habilidad, sostener una vocación o superar un miedo son
tareas exigentes, y sin embargo, es ahí donde la vida adquiere densidad y el cansancio que nace del sentido no pesa
igual que el vacío que nace de la inercia.
Otro componente esencial es la atención. Vivimos
rodeados de estímulos que fragmentan la conciencia y nos empujan a vivir de
forma automática. La plenitud, en cambio, necesita presencia. Se manifiesta en
actos simples: escuchar sin prisa, caminar observando, comer saboreando,
conversar sin mirar el reloj. Cuando la mente deja de huir constantemente hacia
el pasado o el futuro, la realidad cotidiana revela una riqueza inesperada,
puyes la vida no se vuelve extraordinaria: descubrimos que ya lo era.
Las relaciones humanas completan este proceso, nadie
alcanza plenitud aislándose. El encuentro genuino con otros en la amistad, el amor,
la familia o la comunidad amplía nuestra percepción de nosotros mismos, y al
compartir preocupaciones, esperanzas y fragilidades, comprendemos que existir
es también pertenecer, en ese intercambio en el que aparece un sentido que
ningún logro individual puede sustituir.
Cuando dejamos de vivir como espectadores de nuestra
propia historia y nos convertimos en participantes activos, aparece una forma
serena de satisfacción: la sensación de estar exactamente donde debemos estar,
haciendo lo que honestamente podemos hacer,y quizá eso sea la plenitud: no una
vida sin sombras, sino una vida vivida con sentido.
Al final, la plenitud de la vida no consiste en
acumular momentos felices, sino en habitar plenamente cada etapa, incluso las
difíciles. Es reconocer que la vida no espera en el futuro ni en la nostalgia,
sino en la experiencia directa del presente.
Ferrán Aparicio
10
de febrero de 2026
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