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martes, 17 de febrero de 2026

LO QUE SE EMPIEZA, SE TIENE QUE ACABAR

Cuando pensamos en temas puntuales que nos preocupa y son algo abstractos estamos planteando sin darnos cuenta una meditación sobre el tiempo y la coherencia , del ser.

Toda acción que comienza inaugura una promesa en el tiempo y empezar no es simplemente actuar; es abrir una forma futura de uno mismo. Cada decisión inicial proyecta una figura posible, un contorno de identidad que aún no existe pero que reclama consistencia.

Sin embargo, el tiempo no garantiza continuidad, pues la naturaleza no exige coherencia; sólo fluye. Es el ser humano quien introduce la idea de propósito, de dirección, de relato y todo relato exige final.

Lo inconcluso no es sólo algo pendiente, simplemente es una ruptura en la narración del propio ser.

Vivimos en un mundo que celebra el impulso creativo, la espontaneidad, la multiplicidad de opciones, donde se valora la apertura, la posibilidad constante de cambiar; pero hay una diferencia sutil entre libertad y dispersión.

 La libertad auténtica no consiste en empezar infinitamente, sino en elegir y sostener, pues cuando algo queda a medias, no sólo se interrumpe una tarea, sino que se fragmenta una intención.

El tiempo humano no es mera sucesión cronológica; es duración significativa. Un acto terminado integra pasado y futuro en un sentido completo. Un acto abandonado queda suspendido, como una posibilidad no realizada que continúa existiendo en la conciencia.

Persistir no siempre es cómodo y a veces es silencioso, repetitivo, incluso carente de épica, y  es precisamente en esa sobriedad donde el ser se consolida, pues la constancia no es heroica; es ontológica.

En un universo donde casi todo es transitorio, el acto de concluir es una forma de afirmación y también una  humildad en terminar, pues el final rara vez coincide con la imagen perfecta que se tuvo al principio.

Porque la identidad no se construye con ideales, sino con culminaciones, cada final añade consistencia al yo, y  poco a poco, la persona deja de ser un cúmulo de posibilidades y se convierte en una estructura reconocible, pues de vuelve confiable para sí misma.

El mundo está lleno de comienzos, pero lo  que le da espesor a una vida son sus finales y es por ello sólo cuando algo se acaba adquiere forma completa en la memoria, puede integrarse en la historia personal.

 

                                                                   Ferrán Aparicio

                                                              5 de Febrero de 2026

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