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martes, 17 de febrero de 2026

HECHOS SON AMOPRES Y NO BUENAS RAZONES

Hay palabras que suenan a caricia pero se evaporan antes de tocar la piel, son como promesas que nacen redondas, perfectas, y mueren torcidas en la primera esquina del tiempo.

 

“Hechos son amores y no buenas razones” no es un reproche; es una ley natural. Pues el mundo funciona por gravedad, no por intención.

 

La semilla no florece porque alguien la describa con ternura, sino porque alguien la entierra, la riega y soporta el silencio de los días sin brote. El amor, la amistad, la vocación y hasta la fe comparten ese mismo destino: existen únicamente cuando ocupan espacio en la realidad.

 

Vivimos, sin embargo, seducidos por la retórica de la intención, pues nos enseñaron a valorar el propósito casi tanto como la obra: “quise hacerlo”, “lo pensé”, “lo iba a intentar”. En esa distancia cómoda habita una versión imaginaria de nosotros mismos generosa, disciplinada, constante que no necesita madrugar ni renunciar ni perseverar. El problema es que la realidad no negocia con versiones imaginarias: solo dialoga con acciones.

 

Hay una extraña pereza espiritual en confiar en las razones, aunque sean elegantes, coherentes, incluso nobles y explican por qué no se pudo, por qué no era el momento, por qué mañana será distinto.

 

Los hechos, en cambio, son toscos, llegan con ojeras, con errores, con pasos torcidos y no presumen coherencia: simplemente existen. Y por eso pesan, porque comprometen, porque una acción te obliga a ser la persona que dices ser, mientras que una explicación te permite seguir ensayándola.

 

El afecto verdadero no se reconoce en la intensidad del sentimiento, sino en su persistencia visible, pues el cariño que depende del ánimo es simpatía; el que sobrevive al cansancio es amor. Amar es recordar la compra cuando no apetece salir, llamar cuando no hay novedades, quedarse cuando la conversación ya no es brillante.

 

Curiosamente, los hechos no necesitan anunciarse, es una puerta arreglada no explica por qué se arregló. Un abrazo no argumenta su conveniencia. La acción es humilde: ocurre y basta. La palabra, en cambio, suele buscar testigos.

 

Tal vez por eso desconfiamos secretamente de quien siempre tiene una justificación perfecta, y es porque intuimos que la vida no se sostiene con lógica sino con presencia. El mundo está lleno de intenciones admirables y carente de hábitos sostenidos y la diferencia entre ambos define destinos enteros.

 

Al final, todos somos recordados por lo que alteramos en la realidad de otros, no por lo que pensamos hacer, ni por lo que sentimos con profundidad privada, sino por lo que modificamos fuera de nosotros, en realidad una vida es la suma de sus intervenciones.

 

Por eso el viejo refrán no pretende humillar a la palabra, sino liberarla: cuando los hechos hablan, la voz descansa, y entonces las promesas dejan de ser esperanza para convertirse en memoria, porque el amor verdadero, como la verdad misma, no necesita explicarse, solo necesita ocurrir.

                                                             

                                                              Ferrán Aparicio

                                                        15 de Febrero de 2026

 


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