Hay una tristeza que no grita, que no rompe, que no estalla, es una tristeza silenciosa, casi digna, que se instala en los pliegues del alma como una niebla persistente. Es cierto que a veces creemos que debemos combatirla, expulsarla, vencerla como si fuera un enemigo, pero sin embargo, la filosofía sufí, antigua, profunda y sorprendentemente vigente, nos susurra algo distinto: no todo lo que duele debe ser rechazado, porque hay heridas que son puertas.
El sufismo, más que una doctrina, es
un camino, es un sendero interior que no busca eliminar el sufrimiento, sino
comprenderlo, atravesarlo, transformarlo. En ese recorrido íntimo, tres
enseñanzas resuenan con una claridad particular, como si hubieran sido escritas
para estos tiempos de prisa y desconexión.
La primera de ellas afirma: “La herida es el lugar por donde entra la luz.” Esta frase no es una metáfora
decorativa; es una invitación radical a cambiar la relación que tenemos con el
dolor.
Cuando algo nos hiere como es una pérdida,
un rechazo, una decepción, nuestra reacción instintiva suele ser cerrarnos, y la
herida no es solo ruptura; es también apertura.
Aceptar esto no significa romantizar
el sufrimiento, sino reconocer su potencial transformador, pues el dolor puede
enseñarnos lo que la comodidad jamás revelaría: nuestra fragilidad, nuestra
profundidad, nuestra capacidad de renacer.
La segunda enseñanza dice: “Lo que buscas, también te está buscando.” En un primer
momento, puede parecer una idea poética, casi ingenua,pero cuando se contempla
con atención, revela una verdad profundamente liberadora.
El sufismo, sin embargo, invierte esta
lógica, y nos recuerda que no somos únicamente buscadores, sino también parte
de aquello que buscamos. Cuando comprendemos esto, algo se relaja en nuestro
interiory la vida deja de ser una carrera agotadora y se convierte en una danza
más sutil, donde también hay espacio para la espera, para la apertura, para la
receptividad.
Crear espacio dentro de uno mismo para
que lo esencial pueda aparecer, es el objetivo pues la vida no siempre responde
a nuestros esfuerzos, pero sí a nuestra capacidad de estar presentes.
La tercera enseñanza es, quizás, la
más terrenal: “No te sientes y aguardes. Sal ahí afuera y
vive.” Después de la
introspección y la apertura, el sufismo nos devuelve al movimiento, porque comprender
no es suficiente; hay que encarnar lo comprendido.
Lo que el sufismo propone es algo más
sutil y más profundo: transformar nuestra relación con lo que sentimos y dejar
de ver la tristeza como un error y empezar a verla como un proceso.
Ferran Aparicio
15 de Julio de 2026
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