La estrategia de modernización puede traer avances económicos y tecnológicos, pero también tiene un impacto profundo en la cultura cívica de un país. Por cultura cívica entendemos la manera en que los ciudadanos interactúan con el Estado, la calidad de la participación ciudadana y la relación entre el gobierno y la sociedad.
Una democracia saludable requiere que los ciudadanos se sientan libres para ejercer sus derechos, sin temor a represalias ni intimidación por parte de quienes detentan el poder.
En contraste, los regímenes autoritarios tienden a subordinan las demandas sociales a las prioridades de las élites, como inversores extranjeros o instituciones financieras internacionales. En estos contextos, los líderes políticos desconfían de los movimientos sociales y promueven la idea de que cualquier acción ciudadana podría "amenazar la estabilidad democrática". Así, el poder se concentra en un grupo reducido, que decide cuándo y cómo se implementan los cambios, mientras los ciudadanos se ven desalentados a participar activamente.
Un elemento clave de la cultura cívica es la igualdad ante la ley y la sujeción del Estado a esta,y esto incluye a todos los funcionarios, desde policías hasta militares, y excluye el uso de organizaciones paramilitares fuera del marco legal.
Otros aspectos esenciales incluyen la opción política, el libre acceso a la información y la libertad para organizarse, pues la opción política no se limita al número de partidos, sino que evalúa la apertura del sistema a debatir estrategias de desarrollo alternativas.
El acceso a la información no solo es la libertad de leer o publicar, sino también la posibilidad de presentar ideas de manera equitativa al público y la libertad de organizarse implica que todos los ciudadanos puedan asociarse sin barreras que limiten su participación efectiva.
En este sentido existen dos culturas políticas bien definidas: La Cultura cívica, donde Las leyes se aplican por igual, los funcionarios fortalecen la participación ciudadana y los movimientos sociales son agentes de cambio y el gobierno actúa con transparencia y responsabilidad, evitando el uso del poder para beneficio personal, y la cultura política autorizaría donde la corrupción es endémica, el enriquecimiento personal de las élites es habitual y la participación ciudadana está limitada o condicionada, y los movimientos sociales son vistos como amenazas y el poder se concentra en un grupo reducido, alejando a la sociedad del control democrático.
Comprender estas diferencias es crucial para fortalecer la democracia y garantizar que la modernización no socave los derechos y la participación ciudadana. Una cultura cívica activa protege a los ciudadanos de la concentración de poder y asegura que los cambios sociales se realicen de manera justa y equitativa.
Cuando estos elementos faltan, surge una cultura autoritaria, marcada por corrupción, enriquecimiento de las élites y control del poder sobre los ciudadanos y en cambio, una cultura cívica fortalece la democracia, promueve la participación social y asegura que el gobierno actúe de manera justa y responsable.
Ferrán Aparicio
25 de Mayo de 2026