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miércoles, 25 de febrero de 2026

QUIEN SIEMBRA TORMENTAS RECOGE TEMPESTADES

Desde tiempos inmemoriales, los hombres han sido testigos del principio natural que gobierna tanto a los elementos como al corazón humano: aquello que se siembra, se cosecha.

La vida, como un vasto océano, responde a nuestras acciones de manera justa e ineludible, pues el adagio quien siembra tormentas recoge tempestades, encierra una verdad profunda: quienes siembran conflictos, caos y dolor, tarde o temprano, habrán de enfrentar su propia tormenta.

La tormenta no llega de manera inmediata ni siempre con la fuerza que merece el acto inicial y a  veces, su aproximación es silenciosa: un leve temblor en la calma cotidiana, un susurro de consecuencias que anuncian la llegada de aquello que se ha generado con intención destructiva. Pero tarde o temprano, la tempestad se desata. Es el reflejo natural de la energía que se proyecta al mundo.

Quien genera tormentas no siempre lo hace conscientemente y muchas veces, es el miedo, la inseguridad o la ambición lo que impulsa a actuar de manera agresiva o injusta.

En la literatura, esta ley de reprocidad se repite una y otra vez, desde las tragedias griegas hasta la narrativa moderna, los personajes que actúan con malicia o egoísmo, tarde o temprano, enfrentan las consecuencias de sus actos.

La tormenta no siempre se manifiesta hacia fuera y con frecuencia, es interna, un reflejo de la disonancia entre los actos y la conciencia. Aquellos que constantemente provocan conflictos, a menudo sienten un malestar invisible: ansiedad, insomnio, culpa o vacío emocional, y estas son tempestades internas que nadie más puede ver, pero que afectan la vida con igual intensidad que los huracanes que arrasan ciudades.

Curiosamente, estas tempestades interiores pueden ser más formativas que destructivas. Al enfrentar las consecuencias de nuestras propias tormentas, tenemos la oportunidad de aprender, redirigir la energía y cultivar paz.

En este sentido, cada tempestad, aunque dolorosa, se convierte en una maestra de la resiliencia y de la introspección.

La frase “Quien siempre tormentas, recoge tempestades” es más que un proverbio: es un recordatorio de la ley causa efecto 

 pues el  mundo, como la naturaleza, busca equilibrio.

Cada tormenta que recogemos es un espejo de lo que hemos sembrado, y cada oportunidad de actuar con bondad, comprensión y paciencia es una semilla que puede evitar que el viento se convierta en huracán. La responsabilidad de nuestros actos se manifiesta tanto en la esfera externa como interna; ignorarla es invitar a la inevitable tempestad.

La vida es un océano en el que navegamos entre calma y tormenta, y quien siembra tormentas no puede escapar de las tempestades que provocará; pero también tiene la oportunidad de aprender la lección más profunda: la fuerza de nuestras acciones define la intensidad de nuestras consecuencias. 

Reconocer el poder de la propia conducta y actuar con conciencia no es solo un acto de sabiduría, sino de supervivencia emocional.

 

                                                             Ferran Aparicio

                                                       25 de Febrero de 2026

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