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viernes, 30 de octubre de 2026

Dejarme tranquila y el alma quieta

 

Decir «déjenme tranquila y el alma quieta» es mucho más que expresar cansancio. Es formular una filosofía de vida. Es reconocer que el ser humano no solo necesita alimento, afecto o justicia; necesita también silencio. Un silencio que no consiste en la ausencia de sonidos, sino en la reconciliación entre aquello que somos y aquello que dejamos de fingir.


Vivimos bajo una cultura que ha elevado el movimiento a la categoría de virtud. Se nos enseña a producir sin descanso, a responder con inmediatez, a opinar sobre todo y a exhibir cada logro como si el reconocimiento de los demás pudiera llenar el vacío que desconocemos nombrar. Hemos confundido la intensidad con la plenitud y la velocidad con el sentido. La serenidad comienza precisamente allí donde termina esa dependencia. No cuando el mundo nos concede aprobación, sino cuando deja de ser imprescindible obtenerla. Hay una libertad inmensa en descubrir que no toda crítica merece respuesta, que no toda discusión necesita un vencedor y que no toda ausencia debe interpretarse como un fracaso.

La madurez consiste, en buena medida, en aprender a distinguir entre lo importante y lo urgente. Lo urgente siempre grita; lo importante casi siempre guarda silencio.

Quizá la tragedia contemporánea no sea que disponemos de demasiadas respuestas, sino que hemos olvidado formular las preguntas esenciales., como qué merece verdaderamente

Nos educan para competir, para destacar, para vencer; rara vez para descansar con dignidad. Sin embargo, una sociedad incapaz de detenerse termina olvidando el sentido de aquello por lo que corre. El descanso no es la interrupción de la vida; es la condición que permite comprenderla.

También el alma necesita respirar y respira cuando deja de sostener culpas que ya no transforman el pasado, cuando abandona la pretensión de controlar lo incontrolable y cuando acepta que la fragilidad no disminuye nuestra condición humana, sino que la revela. Somos seres vulnerables, atravesados por el tiempo. Pretender lo contrario solo multiplica el sufrimiento.

Llegará un día en que los reconocimientos perderán importancia, las discusiones se volverán irrelevantes y muchas de las preocupaciones que hoy parecen inmensas habrán desaparecido sin dejar rastro. Entonces comprenderemos que la verdadera riqueza nunca consistió en acumular victorias, sino en conservar intacta la capacidad de vivir con el corazón ligero.

Porque una vida plena no es aquella en la que todo salió como esperábamos, es aquella en la que, pese a las pérdidas, las incertidumbres y las heridas inevitables, fuimos capaces de preservar un lugar inviolable dentro de nosotros.

Ferran Aparicio
30 de octubre de 2026