Hay mañanas en las que despertamos con la sensación de que nada cambiará. Como casi siempre el sol entra por la ventana con la misma luz tibia, el café humeante huele igual que siempre, y la ciudad, allá afuera, respira con la misma rutina que hemos conocido desde hace años, ‘pero, aunque nuestro corazón quiera detenerse en un instante de miedo, tristeza o nostalgia, la vida sigue igual. Y esa continuidad, que a veces parece cruel, también es un bálsamo silencioso.
La vida no sigue tan igual
cuando nos enfrentamos a la pérdida, alguien se va, un sueño se desvanece, un
error nos pesa, y pensamos que el mundo debería detenerse por nuestra pena,
pero sin embargo, los días continúan y nos
recuerda que la existencia no depende de nuestras emociones, sino de su propia
marcha, imparable y constante.
La rutina diaria puede ser
tanto una prisión como un refugio, a
diario los mismos caminos, las mismas calles, los mismos rostros que vemos cada
día pueden parecer monótonos, pero esconden historias invisibles.
A veces creemos que el
cambio es sinónimo de revolución, que solo los grandes eventos alteran nuestra
existencia, pero la vida cambia en la pequeña cotidianeidad, mientras tanto, el
mundo parece inmóvil, como si nada ocurriera, recordándonos que la continuidad
es también belleza, que cada día que sigue igual es una oportunidad para
renacer, para aprender, para sentir.
El amor, la pérdida, la
alegría y la tristeza se entrelazan en esa marcha constante. Nos enseñan que,
aunque todo parezca repetirse, cada momento es irrepetible.
La vida sigue igual, sí,
pero nosotros cambiamos dentro de ella,cada día que pasa nos recuerda que la
existencia no espera, que los errores no se borran solos y que la felicidad no
se encuentra, sino que se construye en medio de la rutina, en medio de lo
cotidiano.
La frase “la vida sigue
igual” no es un lamento; es una lección de resiliencia. Nos invita a aceptar
que no tenemos control sobre todo, pero sí sobre nuestra manera de responder a
los días que llegan y se van. Nos desafía a encontrar belleza en lo ordinario,
a apreciar lo que tenemos y a resistir la desesperanza. Porque incluso cuando
todo parece estático, incluso cuando creemos que el tiempo nos deja atrás, cada
amanecer es una promesa de posibilidad, y cada noche nos deja con la esperanza
de un nuevo comienzo.
Al final, la vida sigue
igual, y en esa igualdad constante reside su fuerza. Nos enseña que los
instantes no esperan, que cada gesto, cada sonrisa, cada palabra cuenta. Nos
recuerda que la tristeza es pasajera y que la alegría, aunque fugaz, siempre
regresa. Y mientras todo esto ocurre, nosotros seguimos caminando: aprendemos,
soñamos, amamos, lloramos y nos levantamos una vez más. La vida sigue igual…
pero nosotros seguimos creciendo dentro de ella, y eso es lo que hace que valga
la pena vivir.
Ferrán
Aparicio
10
de Enero de 2026
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