Me chirria la frase para los que dicen lo que piensan y no piensan lo que dice y es que hay un espacio silencioso entre lo que pensamos y lo que decimos.
Algunos lo atraviesan sin
mirar, dejando que las palabras caigan como hojas al viento, sin preocuparse de
su dirección ni de su peso, otros, en cambio, cuidan cada sílaba, como quien
sostiene una flor delicada entre los dedos, consciente de que cualquier
movimiento puede dañarla.
Pero el mundo está lleno de
quienes dicen lo que piensan sin pensarlo, y quienes dicen cosas que no
corresponden con su pensamiento y esa brecha invisible define relaciones,
intimidades y el carácter mismo de quienes la atraviesan.
Decir lo que uno piensa
puede parecer un gesto de sinceridad, casi heroico en tiempos de máscaras y
silencios, pero lo que es una realidad es que no toda sinceridad es auténtica.
Hablar sin reflexionar es un
acto de impulso, una descarga de ego que rara vez considera el efecto de las
palabras. Una frase lanzada sin cuidado puede herir, confundir, incluso
traicionar. La libertad de expresión no es solo el derecho de hablar; es la responsabilidad
de comprender el alcance de lo que decimos pues las palabras son actos, y todo
acto tiene consecuencias.
Peor aún es decir algo que
no se piensa es un juego delicado y peligroso, un teatro constante donde la voz
no corresponde al corazón. Algunos lo hacen por miedo, otros por ambición o
deseo de aceptación.
La coherencia entre
pensamiento y palabra es una forma de arte que requiere introspección,
paciencia y, sobre todo, valentía y significa detenerse antes de hablar, mirar
dentro y sopesar si lo que va a salir de la boca es fiel a lo que se siente.
Significa también aprender a callar cuando la claridad aún no llega, porque hay
silencios que valen más que mil palabras dichas sin convicción.
La palabra auténtica tiene
un peso, una cadencia que resuena. La palabra incongruente, por más elegante
que suene, se desploma sobre sí misma. Y quienes logran alinear pensamiento y
expresión son los que dejan una marca duradera, porque su voz no solo comunica,
sino que transmite integridad.
Al final, hablar es un acto
de responsabilidad y cada palabra pronunciada es un reflejo de quiénes somos, y
cada silencio elegido también lo es. Vivir con coherencia entre lo que se
piensa y lo que se dice no es un ideal romántico, sino una forma de vivir con
honestidad, una promesa consigo mismo y con los demás y quien logra esa armonía
descubre que las palabras pueden ser faros, no armas; puentes, no muros; y que
en la confluencia entre pensamiento y palabra reside la verdadera libertad.
Ferran Aparicio
10 de Diciembre de
2025
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